“El más santo de todos los lugares de la tierra es aquel donde un viejo odio se ha convertido en un amor presente. Y Ellos acuden sin demora al templo viviente, donde se les ha preparado un hogar. No hay un lugar en el Cielo que sea más santo. Y Ellos han venido a morar en el templo que se les ha ofrecido para que sea Su lugar de reposo, así como el tuyo. Lo que el odio le ha entregado al amor, se convierte en la luz más brillante de todo el resplandor del Cielo. Y el fulgor de todas las luces celestiales cobra mayor intensidad, como muestra de gratitud por lo que se les ha restituido… Los ángeles revolotean amorosamente a tu alrededor, a fin de mantener alejado de ti todo sombrío pensamiento de pecado y asegurarse de que la luz permanezca allí donde ha entrado.” (T.26.IX.6;7:1)
Cada espacio por el que andamos, cada camino que tomamos puede ser santo, solo basta con que nos perdonemos los errores del pasado, al hacerlo soltamos y podemos perdonar a nuestro hermano, primero nos perdonamos por lo que pensamos de él subjetivamente, y luego el evento al que le dimos fuerza, y que en la irrealidad de este mundo sí pasó, pero que en el presente con un ego debilitado quitamos el peso que primero le dimos. Así vamos aprendiendo en este perdonar y perdonar, que el Hijo de Dios es santo y perfecto, es igual que su Padre porque Él así lo decidió. La verdadera Identidad es el amor incondicional, sanador y liberador, amor opuesto al sustentado en las relaciones especiales de amor-odio que establecemos desde del ego con el objetivo oculto e inconsciente de proyectar nuestra culpa, son estas las relaciones que usamos como substitutos del amor y de nuestra relación con Dios.
Toda relación especial retiene y proyecta la culpa, refuerza el pensamiento de carencia y limitación, en ella nos negamos la abundancia en que Dios nos Creó, porque las relaciones especiales son enfermas, son conducidas por un pensamiento inconsciente de separación, aunque al inicio no lo veamos así. El Espíritu Santo, a través de Su enseñanza de perdón, nos enseña a convertir este tipo de relaciones en relaciones santas, en las que el amor se comparte sin ataduras y sin expectativas, se convierten en relaciones nacidas desde el Ser.
Cuando decidimos incorporar en nuestra vida las enseñanzas del Espíritu Santo descubrimos que es posible mantener relaciones sanas (santas) de amor, relaciones que nos proporcionan libertad, que nos regresan a la santidad en fuimos creados, nos dan fuerza, nos sentimos unidos a Dios.
“La santidad de mi Ser transciende todos los pensamientos de santidad que pueda concebir ahora. Su refulgente y perfecta pureza es mucho más brillante que cualquier luz que jamás haya contemplado. Su amor es ilimitado, y su intensidad es tal que abarca dentro de sí todas las cosas en la calma de una queda certeza. Su fortaleza no procede de los ardientes impulsos que hacen girar al mundo, sino del Amor ilimitado de Dios Mismo. ¡Cuán alejado de este mundo debe estar mi Ser! Y, sin embargo, ¡cuán cerca de mí y de Dios!” (L.252.1)
Estoy aquí únicamente para ser útil.
Estoy aquí en representación de Aquel que me envió.
No tengo que preocuparme por lo que debo decir ni por lo que debo hacer, pues Aquel que me envió me guiará.
Me siento satisfecho de estar dondequiera que Él desee, porque sé que Él estará allí conmigo.
Sanaré a medida que le permita enseñarme a sanar.
Estoy aquí en representación de Aquel que me envió.
No tengo que preocuparme por lo que debo decir ni por lo que debo hacer, pues Aquel que me envió me guiará.
Me siento satisfecho de estar dondequiera que Él desee, porque sé que Él estará allí conmigo.
Sanaré a medida que le permita enseñarme a sanar.
(Un Curso de Milagros. T-2.V.18:2-6)
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