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Qué limites podría imponerle yo al Hijo de Dios?


1. Aquel que Dios creó ilimitado es libre. 2Puedo inventar una prisión para él, mas sólo en ilusiones, no en la realidad. 3Níngún Pensamiento de Dios ha abandonado la Mente de su Padre; 4nin­gún Pensamiento de Dios está limitado en modo alguno; 5ningún Pensamiento de Dios puede dejar de ser eternamente puro. 6¿Puedo acaso imponerle límites al Hijo de Dios, cuando su Padre dispuso que fuese ilimitado y semejante a Él en libertad y amor?

2. Hoy quiero rendir honor a Tu Hijo, pues sólo así puedo encontrar el camino que me conduce hasta Ti. 2Padre, no le impondré límite alguno al Hijo que Tú amas y que creaste ilimitado. 3El honor que le rindo a él Te lo rindo a Ti, y lo que es para Ti es también para mí.

Reflexión

El Curso me está pidiendo que no niegue a nadie la libertad sin límite en la que Dios nos creó. Descubro en mí lo que parece una tendencia natural a compararme con otros y a encontrarme de algún modo superior a ellos. 
Esto es lo que el Curso llama especialismo. Es un modo de ver a otros con limitaciones que, creemos, que no existen para nosotros. 

La llamada del Curso a ver a nuestros hermanos tan libres como nosotros contradice este modo de pensar que nos hemos enseñado a nosotros mismos. 

La lección dice: “Puedo inventar una prisión para él, mas sólo en ilusiones, no en la realidad” (1:2). Todos somos Pensamientos iguales de Dios, ninguno de nosotros ha abandonado la Mente del Padre, ninguno de nosotros está limitado en absoluto, salvo en ilusiones.

En un lugar el Curso hace una afirmación muy fuerte. Dice que si realmente reconociera Quién es mi hermano “apenas podrías contener el impulso de arrodillarte a sus pies” (L.161.9:3). Sí, continúa diciendo que en lugar de eso, tomaré su mano porque en esta visión que ve a mi hermano de este modo, yo soy igualmente glorioso. Somos el Cristo. Quien somos es magnífico, tan lejos de la idea que tenemos de nosotros mismos que al verla nuestra inclinación sería adorarle, sólo que en ese mismo instante reconoceremos la misma magnificencia en nosotros. ¡Que Dios nos conceda esa visión!


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