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Psicoterapia de Un Curso de Milagros




Vamos a hablar del terapeuta, es decir, el Espíritu Santo que es el encargado de sostener el Conocimiento y el contacto con la Fuente.

El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros. (T-1.1.38:1)

El Espíritu Santo es la idea de la curación. (T-5.3.2:1)

Es el mediador entre las interpretaciones del ego y el Conocimiento del Espíritu. (T-5.3.7:1)

La persona que hace psicoterapia, debe tener siempre presente que está colaborando con Él y tener a raya el protagonismo que su ego tiende a ocupar.

El terapeuta es un maestro de Dios un poco más especializado, aprende enseñando y cuanto más avanzado, más enseña y más aprende. (P-2.I.4:3-4). Algunos se definen como canales para la salvación, pero sería mejor decir canales esponjas porque los mensajes que transmiten van dirigidos en primer lugar a ellos mismos y en la medida en que los pueden aceptar para sí, se vuelven capaces de llevarlos a donde se dispuso que fueran recibidos. (L-154.6:1-4).

El mensajero no se confunde con su Fuente.

El camino es ver:

·       En la necesidad del paciente, la nuestra.

·       Viene a prestarnos ayuda, al atender sus quebrantos.

·       El viaje que haremos es hacia la sanación de ambos.

Con estos pasos, necesarios para el éxito, el terapeuta se quita de en medio el ego y en la medida que preste ayuda a los demás, recibe la suya.

Hay que conectarse con el paciente desde el archivo de nuestra memoria, pero no desde el dolor o la empatía porque así mantendremos serena nuestra mente y la pone en disposición de ayudar. La capacidad de sentir empatía le es muy útil al Espíritu Santo, siempre que permitas que la use a Su manera. La manera en que Él la usa es muy diferente. Él no comprende el sufrimiento y Su deseo es que enseñes que no es comprensible. (T-16.I.1:3-5)

Cuando la psicoterapia está en marcha, el propio Espíritu nos hará ver la insustancialidad de la causa que provoca el dolor y esa ausencia de causa en nuestra mente, traerá la paz a ambos.

Todos los problemas que se nos presenten tienen que ver con nuestra salvación, veámoslos como una oportunidad.

Cuando invitamos al Espíritu a formar parte y le entregamos nuestras mentes a la sanación, Él nos traslada su visión de ausencia de peligro, nuestra fortaleza, ahuyentando la debilidad en la creemos vivir.

Frente a Jesús se curaban los enfermos porque no daba cabida ni cobertura a sus quejas. No podía ver la enfermedad de la que querían hacer gala cuando se acercaban pidiendo ayuda, y al no darles crédito, desaparecía.

Esta es una circunstancia que se aproxima a la psicoterapia: Ver únicamente al espíritu inocente y hermoso. Esta visión hace desaparecer la enfermedad.

¿Qué diferencia hay entre la curación y el perdón? Sólo Cristo perdona, pues conoce Su total falta de pecado. Su visión sana la percepción, y la enfermedad desaparece. (P-2.VII.3:2-4)

Otra cosa a tener en cuenta es que, si ponemos nuestra mente al servicio del Espíritu, el resultado de nuestra terapia siempre ha de ser el éxito porque el responsable es el Espíritu. De esta manera nos calmamos y garantizamos el éxito.

Un terapeuta no cura, sino que deja que la curación ocurra espontáneamente. Puede señalar la oscuridad, pero no puede traer luz por su cuenta, pues la luz no es de él. No obstante, al ser para él, también tiene que ser para el paciente. El Espíritu Santo es el único Terapeuta, lo único que puedes hacer es dejar que desempeñe su función, no necesita ayuda para llevarla a cabo. Él te dirá lo que tienes que hace exactamente para ayudar a todo aquel que Él te envíe en busca de ayuda, y le hablará a través de ti si tú no interfieres. Confía en Él, pues ayudar es su función y Él es de Dios. A medida que despiertes a otras mentes al Espíritu Santo a través de Él, y no a través de ti, te darás cuenta de que no estás obedeciendo las leyes de este mundo. Sólo lo bueno puede dar resultado. (T-9.V.8:4-16)

Todos somos pacientes o potencialmente usuarios y beneficiarios de este método de perdón.

La situación que nos lleva a ser un paciente es cuando nos encontramos sin recursos para hacerle frente y controlarla.

Necesitamos conocer la derrota, sentirla, para reaccionar.

Los caminos que nos ofrece el mundo, el creernos capaces de dominar, no conducen a ninguna parte y se pierde toda esperanza al poner la confianza en nuestras propias fuerzas. Ese el momento en el que se puede aprender la lección más importante de todas: El mundo no te ofrece elección. (T-31.IV.3:3-9)

La autosuficiencia lleva a que el sufrimiento esté presente.

Cuando lleguemos a ese punto del dolor, no reconozcamos nuestra independencia y aceptemos la esperanza que supone el dejar de luchar contra él. Esta es una salida inmediata.

Así llevaremos conscientemente a nuestra mente la plenitud que somos, aunque no tengamos recuerdo de ella y continuaremos adelante como si no hubiera pasado nada.

No tengamos miedo de que vengan a nosotros pacientes y no sepamos ayudarles. Según vayamos evolucionando, cambiará la demanda de quienes se acerquen a nosotros y no va a sobrepasar nuestra capacidad de comunicación con el Espíritu.

Las propias sanaciones que vayamos realizando nos prepararán para otros aprendizajes más intensos y profundos.

Los pacientes nos llegarán cuando hayamos tomado la decisión con el Espíritu de ponernos a Su servicio. Será un viaje de dos voluntades con la del Maestro, en el que sentiremos la sanación.

Siempre que dos hermanos se juntan con el propósito de aprender, el Maestro de Dios les habla. (M-2.5:3)

Todos somos sujetos pasivos de la psicoterapia.

El paciente es la pantalla sobre la que el terapeuta proyecta sus pecados. (P-2.VI.6:6) No hay otra manera de ver al paciente, salvo como portador del perdón. (P-2.VI.7:4)

Siempre que crees que sabes, la paz se aleja de ti, siempre que reconoces que no sabes, la paz retorna a ti, pues has invitado al Espíritu Santo a que retorne al haber abandonado al ego por él. No acudas al ego para nada. Eso es lo único que necesitas hacer. (T-14.XI.13:1-5)

Ahora podemos iniciar un camino distinto, probar de otro modo. Ahora hemos comenzado a ver los errores de nuestro planteamiento, ahora podemos elegir de nuevo.

La paz es el objetivo del Espíritu, la meta final de la psicoterapia. Que llegue la confianza es fundamental para el final que buscamos.

Ahora podemos iniciar un camino distinto y elegir de nuevo.

Veamos los errores y decidamos:

  • La causa según el ego.
  • La causa según el Espíritu Santo.
  • Buscando la causa; “lo imposible”.
  • Salir de la causa: “Lo impensable” 

- La causa según el ego y sus propuestas:

Todos creemos saber qué nos pasa. El ego se centra en los efectos. El ego en sí es una contradicción. (T-4.1.2.8)

Siempre hay algo o alguien para cargarle con la culpa o algo a lo que accedemos de forma “milagrosa” y que nos da la ocasión de evitar previniéndolo. Esto que parece ser una bendición, es simplemente una trampa del ego, una tentación.

A veces nos presenta algo que nos asusta. Una actitud defensiva, supone una doble amenaza que da testimonio de la debilidad y establece un sistema de defensas que no puede funcionar. Ahora los débiles se debilitan aún más, pues hay traición afuera y otra mayor dentro. La mente se haya ahora confusa y no sabe adónde dirigirse para poder escapar de sus propias imaginaciones. (L-153.2:3-5)

En otros casos nos presenta la amenaza con el enemigo oculto, sin identificar. No nos ofrece ninguna salida, sino la espera a ver si pasa de largo. Esto nos coloca en el miedo. Pero el miedo sin examinar, cumplirá su objetivo de atraer lo que tememos. El ego dice: Hay que ser “positivo”, y así oculta el miedo. Si ocultamos las pesadillas, las conservamos.

El Espíritu nunca verá peligro alguno en nuestro futuro. Tiene una salida de paz para cada situación en la que nosotros nos metamos.

Si pedimos iluminación, veremos que la causa está oculta en nosotros, no fuera (en las personas, en las situaciones, en la mala suerte…) Esto nos parece menos duro que enfrentarnos al monstruo oculto de la culpa.

El compromiso a estar enfermo se encuentra en tu conciencia, aunque sin expresarse ni oírse. Sin embargo, es una promesa que le haces a otro de que él te herirá y de que a cambio tú lo atacarás. (T-28.VI.4:6-7). Nuestra enfermedad es el resultado de un pacto de agresión entre dos, es un amor malentendido. El miedo lo hicimos nosotros para que nos venciera.

Cuando hay miedo, hay que verlo, pero hasta que no averigüemos su causa y lo desactivemos, no debemos hacer tratos con él, nos va a ganar.

No esperes que cambie el resultado si tú sigues haciendo lo mismo (Einstein). Nos gusta seguir sin hacer ningún cambio, aunque nos mate, pero, hay que examinar y eliminar la causa que propician las emociones. Imposible vencer al miedo si no eliminamos previamente los pensamientos que lo sostienen.

La primera cuestión con la que tenemos que lidiar es, reconocer que nosotros no somos los adecuados para ayudarnos.

Si crees que entiendes algo de la “dinámica” del ego, déjame asegurarte que no entiendes nada. Pues por tu cuenta no podrías entenderla. El estudio del ego no es el estudio de la mente. De hecho, al ego le encanta estudiarse y aprueba sin reservas los esfuerzos que, para analizarlo, llevan a cabo los que lo estudian, quienes de ese modo demuestran su importancia. Lo único que estudian, no obstante, son formas desprovistas de todo contenido significativo. Su maestro es un disparatado, aunque les oculta este hecho con gran celo tras palabras que parecen muy elocuentes, pero que cuando se enlazan revelan su falta de coherencia. (T-14.X.8:4)

Es sarcástico cuando caemos en la cuenta de que el resultado de nuestra auto - ayuda, es el propio estado del ahora queremos salir.

Los únicos consejos con los que contamos siempre fueron los nuestros o los que coincidían con nuestro parecer. Nosotros y nuestro esfuerzo somos los autores del lugar que ocupamos.

Nuestros pensamientos conscientes y subconscientes forman un programa que va generando la persona que creemos ser y la vida que llevamos.

Una vez fijadas las metas, eso es lo que hace, llevarnos a ellas y ni nosotros mismos que acordamos el programa, podemos desde dentro desmontarlo.

Tú no puedes deshacer lo que hiciste, ni escaparte de la pesada carga de embotamiento que ocupa tu mente, no puedes ver más allá de tu propio sistema de pensamiento. Éste te engaña porque elegiste engañarte a ti mismo. Los que eligen dejarse engañar, simplemente atacarán los enfoques directos porque éstos parecen poder adentrarse en el engaño y socavarlo. (T-14.I.5.4)

¿Y el dolor y el sufrimiento no es prueba suficiente de nuestra inocencia y desvinculación con los medios que nos acosan? Al parecer, están para despistar que somos los causantes de ese dolor. El Curso responde y nos lo explica: (T-28.II.8.3-9)

- La causa según el Espíritu Santo:

El Espíritu simplifica las cosas puesto que sólo ve una causa: Nuestra creencia en la separación y la pérdida de inocencia, por eso la solución que propone es: El perdón de las ilusiones que la niegan.

El primer paso correctivo para deshacerse del error es darse cuenta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión del miedo. (T-2.VI.7:1)

Los miedos son el resultado de las creencias ocultas y equivocadas que albergamos en nuestra mente: Siempre culpa.

Sólo el estudio de los pensamientos que producen el miedo, de la mano del Espíritu, nos conducirá a la causa oculta generadora de todo y es ahí donde debemos actuar.

Las emociones son los efectos de nuestros pensamientos y están para examinarlas nada más. Pues reconocer el miedo no es suficiente para escaparse de él, aunque sí es necesario para demostrar la necesidad de escapar. El Espíritu Santo tiene que transformar el miedo en verdad. (T-12.I.8:2)

Lo esencial es que reconozcas que no sabes nada. (T-14.XI.1:1)

Tú no puedes ser tu propio guía hacia los milagros, pues fuiste tú el que hizo que fuesen necesarios. (T-14.7:1)

Solos no podemos hacer nada, sí lo haremos si aprendemos a hacernos a un lado. Si logramos aquietar nuestra mente atormentada, reconociendo nuestra impericia y pidiendo ayuda al Espíritu Santo.

El Espíritu ha preservado su significado para ti, y si le permites que lo interprete Él te devolverá lo que tú despreciaste. Sin embargo, mientras creas que sabes cuál es el significado de lo que percibes, no verás necesidad de preguntárselo a Él. (T-11.VIII.2:4.5)

Tenemos dos opciones: La muerte o el milagro.

Si optamos por el milagro debemos templar los nervios, agarrarnos a la poca fe que aún nos quede y repetirnos la promesa que se nos ha dado de no dejarnos a solas con el miedo.

Para que llegue el milagro hay que despejar el camino de todos los obstáculos que le venimos poniendo. Hasta para eso debemos pedir ayuda, por lo camuflados y adheridos que están.

-     Buscando la causa; “lo imposible”

 

¿De dónde hemos de partir? Del dolor, De nuestra propia locura. De los síntomas., pero creemos que es imposible encontrar otra causa diferente a los diagnósticos que ya tenemos investigados y aceptados como verdaderos.

 

Desde el punto de vista del mundo, así es, todo pasa por nuestra intervención y no es de extrañar que queramos seguir con la misma pauta para iniciar este proceso, aunque reconozcamos que queremos iniciar un camino diferente.

Esto pone de manifiesto la falta de fe en la existencia de ayuda espiritual y de su eficacia.

El Espíritu Santo te enseñará a percibir más allá de tus creencias porque la verdad está más allá de cualquier creencia, y la percepción del Espíritu Santo es verdadera. (T-7.VIII.6.1) Solos imposible, con Él, a cualquier parte. 

Se trata de acceder a nuestro subconsciente, “el círculo de temor”. El Curso lo llama: La cara oculta de nuestra mente. Ahí se encuentran todas nuestras ilusiones, todos los pensamientos distorsionados, todos los ataques dementes, la furia, la venganza y la traición que se concibieron con el propósito de conservar la culpabilidad, de modo que el mundo pudiese alzarse desde ella y mantenerla oculta. (T-18.IX.4:1-2)

Hay una enorme distancia entre lo

Vivimos con una venda sobre los ojos que nos impiden ver.

, no hay otra forma de soportar la locura y la sinrazón. El cuerpo es incapaz de ver esto, (lo que contiene el subconsciente) pues surgió de ello (de su contenido, de lo oculto) para ofrecerle protección, la cual depende (su existencia) de que eso no se vea (el contenido del subconsciente). (T-18.IX.4:5)

Sólo vemos el dolor que nos supone vivir en el mundo. El dato del que parte nuestra psicoterapia: Los síntomas indeseables.

El Curso dice: Requiere identificar la causa. Una vez observada, la abandono, la dejo marchar.

Los primeros dos pasos de este proceso, requieren tu colaboración. El paso final, no. (L-23.5:2-4)

Es un camino que debemos recorrer usando nuestra fe para no dejarnos sucumbir por el desánimo.

Puede ser cierto que lo hayamos intentado alguna vez y hayamos fracasado, pero no está claro que sea por el método, sino tal vez por el entusiasmo que hemos dejado de poner. Sin embargo, no hay alternativa.

El Curso dice: Tal vez te preguntes por qué es tan crucial que observes tu odio y te des cuenta de su magnitud. Puede también que pienses que al Espíritu Santo le sería muy fácil mostrártelo y desvanecerlo, sin que tuvieses la necesidad de traerlo a la conciencia. (T-13.III.1:1-2)

Con este planteamiento queremos hacer cómplice de nuestra culpa al Espíritu, pero Él sabe perfectamente que nosotros somos los que ocultamos la causa y que no hay nadie más que nosotros manteniéndola oculta. 

Pero podemos invitarle a que sea Él quien haga la búsqueda donde nosotros antes fracasamos. Él no tiene otro compromiso que respetar nuestra libertad y si desde ella le pedimos que actúe, eso es lo que hará sin duda.

Esta es una de las piedras angulares de nuestra psicoterapia, usar al Espíritu para entrar y descerrajar el subconsciente, confiando en que Él no te abandonará. (T-18.IX.3:4-7)

Reconozcamos nuestro dolor o carencia. No permitas que ningún vestigio de dolor permanezca oculto de Su Luz, y escudriña tu mente con gran minuciosidad en busca de cualquier pensamiento que tengas miedo de revelar. Pues Él sanará cada pensamiento insignificante que hayas conservado con el propósito de herirte a ti mismo, lo expurgará de su pequeñez y lo restituirá a la Grandeza de Dios. (T-13.III.7:5-6)

Es sorprendente la claridad con que se nos presentan de nuevo aquellas escenas del pasado, la mayor parte de las veces de nuestra infancia. No sólo el sentimiento, que lo recuperamos intacto, se rescatan también los resentimientos que le dieron forma, la soledad a la que nos llevó y la vergüenza que nos hizo ocultarlo, además nos conduce a recordar la escena completa, miles de pequeños detalles que se conservan en la memoria. El poder acceder a ello desmitifica el contenido y el sello impenetrable que lo custodiaba.

El ver esto reproducido y nuestra responsabilidad, nos sitúa en una posición privilegiada para tomar la decisión de abandonarlo. Fundamental para el paso que a continuación hemos de dar: la entrega a la Expiación. (T-2.VII.5:8-9)

Unir nuestra mente a la Suya voluntariamente. Podemos preguntarle por la ocasión en que tuvimos algún pensamiento no amoroso con un Hijo de Dios, o tal vez cuando actuamos contra un Hijo de Dios como Él no lo hubiera hecho, o quizás el momento en que dejamos de hacer algo que Él sí hubiera hecho y nos cargamos de culpa.

Con ello se abren las puertas de nuestro subconsciente (círculo de temor) cerrado tan eficazmente por creer que contenía las pruebas reales contra nosotros para una condena a muerte. Por eso lo hemos tenido precintado, por miedo, por el temor a Dios.

Cambia entonces de mentalidad para que así puedas pensar con la Mente de Dios. Esto puede parecer difícil, pero es mucho más fácil que intentar pensar al revés de como piensa Él. Tu mente y la de Dios son una. (T-4.IV.2:5-7)

Sólo cuando se conserva parte del miedo, cuando no se ha abandonado del todo el control, cuando no se está dispuesto a perdonar, esta puerta puede permanecer cerrada.

Reflexionando a la luz del Manual de Psicoterapia.

                            J. Luis Millán 

 

 

 

 

 

 

 

 

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