El Segundo Advenimiento de Cristo le confiere al Hijo de Dios este regalo:
poder oír a la Voz que habla por Dios proclamar que lo falso es falso y que lo
que es verdad jamás ha cambiado. (1:1)
Ésta es una de las magníficas afirmaciones del mensaje final de Un Curso de
Milagros: “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. Puesto
en estas palabras engañosamente simples, el mensaje casi parece de Perogrullo o
repetitivo, como “lo rojo es rojo”. Por supuesto que “lo falso es falso y que lo
que es verdad es verdad”. Eso a la vista está.
Lo que da a la afirmación su profundidad es el hecho de que no l
o creemos. Como se nos dice en el Texto:
Este curso es muy simple. Quizá pienses que no necesitas un curso que, en última instancia, enseña que sólo la realidad es verdad. Pero ¿crees realmente esto? Cuando percibas el mundo real, reconocerás que no lo creías. (T.11.VIII.1:1-4)
Todos nuestros problemas pueden resumirse a esto: Nos hemos enseñado a nosotros mismos que lo falso es verdadero, y que lo verdadero es falso. Creemos que el cuerpo, el pecado, la culpa, el miedo, el sufrimiento y la muerte son reales. Y no creemos (o al menos lo dudamos vivamente) que el espíritu, la santidad, la inocencia, el amor y la vida eterna son reales. La percepción del mundo real nos muestra que esta última lista (lo real) es verdaderamente real, y la primera lista (lo falso) es verdaderamente falsa. Y eso es el Juicio Final.
Todo el proceso de aprendizaje por el que aparentemente estamos pasando nos está enseñando esta única lección, una y otra vez, en un ejemplo tras otro. Algo que pensábamos que era real (nuestros propios pecados, o los de nuestros hermanos, o la muerte, o el ataque, o la separación) se nos muestra que es falso, y que el amor que pensábamos que estaba ausente se ve que es lo que está siempre presente. Donde pensábamos ver pecado, ahora vemos inocencia. Donde pensábamos ver a alguien atacándonos, ahora vemos a nuestro salvador (T.22.VI.8:1).
Y cuando decida hacer uso de lo que se le dio, verá entonces que todas las situaciones que antes consideraba como medios para justificar su ira se han convertido en eventos que justifican su amor. Oirá claramente que las llamadas a la guerra que antes oía son realmente llamamientos a la paz. (T.25.III.6:5-6)
Intenta imaginarte cómo sería una situación que justo ahora ves como una justificación para tu ira, verla transformarse en algo que justifica tu amor. Eso es lo que hace el milagro. Eso es lo que realmente significa “lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado”. El mundo real es una clase de percepción en la que todo lo que ves justifica tu amor, porque no hay nada que no justifique tu amor. Eso es lo que es “real” en el mundo real. Lo que es falso es que la ira esté justificada: “La ira nunca está justificada” (T.30.VI.1:1). Lo que es verdad es que el amor siempre está justificado. Por ejemplo, el Amor de Dios por ti siempre está justificado. El Amor de Dios a tus hermanos siempre está justificado. Y por lo tanto, tu amor a tus hermanos siempre está justificado.
“Y éste es el juicio con el que a la percepción le llega su fin” (1:2). Cuando hayamos alcanzado este juicio final acerca de todo, el propósito de la percepción desaparece. No hay nada más que percibir, porque todo motivo de separación ha desaparecido, y la unidad se puede conocer una vez más y se conoce. Ya no nos percibimos unos a otros (lo que supone separación, sujeto y objeto), en su lugar nos conocemos unos a otros como parte de nosotros mismos, “totalmente dignos de amor y totalmente amorosos” (T.1.III.2:3).
L.pII.10.1:1-2


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