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Mi hermano impecable es mi guía a la paz: Mi hermano pecador es mi guía al dolor. Y el que elija ver será el que contemplaré.

1. ¿Quién es mi hermano sino Tu santo Hijo? 2Mas si veo pecado en él proclamo que soy un pecador, en vez de un Hijo de Dios, y que me encuentro solo y sin amigos en un mundo aterrante. 

3Mas percibirme de esa manera es una decisión que yo mismo he tomado y puedo, por consi­guiente, volverme atrás. 4Puedo asimismo ver a mi hermano exento de pecado, y como Tu santo Hijo. 

5Y si ésta es la alternativa por la que me decido, veo mi impecabilidad, a mi eterno Consolador y Amigo junto a mí, y el camino libre y despejado. 

6Elige, pues, por mí, Padre mío, a través de Aquel que habla por Ti. 7Pues sólo Él juzga en Tu Nombre.

Reflexionando llego  la conclusión que:
Ofrecer un milagro es recordar a Dios, y al ofrecer milagros literalmente salvamos al mundo. 
Aceptamos al Hijo de Dios tal como Dios lo creó.


El Curso nos dice que: 
Un milagro es una corrección. No crea, ni cambia realmente nada en absoluto. Simplemente contempla la devastación y le recuerda a la mente que lo que ve es falso. Corrige el error, mas no intenta ir más allá de la percepción, ni exceder la función del perdón. (L.pII.13.1:1-4)

En otras palabras, un milagro y el perdón son lo mismo, simplemente “le recuerda a la mente que lo que ve es falso”. Ofrecer un milagro es mirar más allá de las ilusiones y ver la verdad. Es el rechazo a compartir la pequeñez en que otros se ven a sí mismos. Ofrezco un milagro cuando me niego a creer que mi hermano está identificado con su cuerpo y su ego y limitado por ellos. Me niego a creer que alguien sea lo que es su comportamiento, y ofrezco a todo el mundo la oportunidad de verse a sí mismo como más de lo que ellos piensan que son, más amorosos y más dignos de ser amados que lo que ellos piensan que son. Eso es un milagro, y eso es también el perdón.

Lo que perdonamos se vuelve parte de nosotros, tal como nos percibimos a nosotros mismos. Tal como tú creaste a Tu Hijo, él encierra dentro de sí todas las cosas. (1:1-2)

¡Qué afirmación más sorprendente! Cuando perdonamos a alguien o algo, “se vuelve parte de nosotros”. Es como si al perdonar cosas y personas, estuviésemos volviendo a juntar a nuestro Ser las partes separadas de la Filiación. Estamos reconociendo que no están separados como parecen, sino que verdaderamente son partes de nuestro Ser. Cada milagro que ofrecemos ayuda a reconstruir al Hijo de Dios.

En realidad por supuesto, el Hijo es eternamente uno; no hay necesidad de reconstruir lo que ya está completo. Lo que somos no se ve afectado por nuestros pensamientos (1:4), la realidad de nuestro Ser continúa tal como Dios lo creó. Pero lo que “contemplamos”, lo que vemos, es el resultado directo de nuestros pensamientos (1:5).

Así pues, Padre mío; quiero ampararme en Ti. Sólo Tu recuerdo me liberará. (1:6-7)

Oración:
Padre, sana hoy mis pensamientos. “Rectifica mi mente” (L.347:1-2). Quiero que el recuerdo de Dios vuelva a mi mente, y “sólo perdonando puedo aprender a dejar que Tu recuerdo vuelva a mí, y á ofrecérselo al mundo con agradecimiento” (1:8). Para que el recuerdo de Dios venga, tengo que perdonar. Tengo que ofrecer milagros a todos y a todo.

Cuando ofrezco un milagros, estoy haciendo presente a Dios en mi vida y en la vida del otro.

“Su Hijo nos será restituido en la realidad del Amor” (2:2). 

El perdón nos redime, nos restaura.




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